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Faltan horas para que empiece el Superclásico del Fútbol Argentino. La cara del pibe muestra dolor y preocupación. Todavía no sabe si va a poder jugar el partido más esperado. El golpe en su pierna izquierda es muy fuerte y doloroso. Tanto que lo hace dudar y probar hasta el último instante. Finalmente, con más ganas que otra cosa, sale a la cancha.

Es el debut de Nahuel Zárate en un Superclásico en la cancha de River. Ya había jugado el anterior en la Bombonera y debutado justamente en una victoria de Boca ante River por penales en un clásico de verano.

Encima, el Monumental está repleto y únicamente hay hinchas rojos y blancos, pero al chico no le tiemblan las piernas. Sólo le duelen. El equipo que dirige Ramón Díaz lo sabe y la primera pelota la juega por su sector. Allí, Teo Gutiérrez le gana la espalda y lo desborda. Parece que Zárate va a tener una tarde complicada porque entre el 9 de River y Carlos Carbonero lo encaran todo el tiempo y logran desbordarlo. Sin embargo, las jugadas no finalizan con gran peligro porque los centros no son buenos o los cabeceadores no están finos y la pelota nunca termina dentro del arco de Agustín Orión.

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A los 15 minutos, el lateral le saca la pelota con esfuerzo a Manuel Lanzini y queda tirado en el piso. Muchos ya lo ven afuera. Pero, Zárate se levanta y continúa el partido. El gol de Boca calma el vendaval del ataque del “Millonario” y le da un poco de respiro a la defensa y al arquero “Xeneize”. De todas maneras, el conjunto local tiene más la pelota y la administra bien hasta tres cuartos de la ofensiva.

En el segundo tiempo Zárate ya no sufre tanto porque los jugadores rivales se cansan y pierden la precisión necesaria para lastimar. Reinan los pelotazos. Al punto de que Carbonero tiene una chance muy clara, pero no se apura en la carrera y permite que el lateral izquierdo se recupere y le quite el balón con facilidad.

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Quedan pocos minutos y River no encuentra el empate por culpa de su propia falta de contundencia, de Orión, de los palos y del oficio de los defensores de Boca. Termina el juego y los jugadores ganadores se abrazan y cantan en la mitad de la cancha. Ahora, la cara del pibe ya no muestra dolor, sino mucha alegría. No sólo por haber ganado, sino también por haber aguantado los 90 minutos y por tener siempre la oportunidad de jugar el Superclásico, a pesar de ser el 3 suplente de Boca.

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